Mariana Salinas Pasalagua

Mariana Salinas Pasalagua

Cuerpo y memoria

13 de Abril de 2012
0 COMENTARIOS

A lo largo de la adolescencia y hasta los 26 años sufrí de intensas migrañas. Para quienes las hemos padecido sabemos que la migraña es capaz de paralizar la vida entera y no queda más remedio que buscar la soledad de un cuarto oscuro con la esperanza de que el tormento pase lo antes posible. La migraña aísla, aliena, desespera y duele profundamente.

Más tarde el amor y la vida me llevaron a vivir a Cambridge, Inglaterra, donde seguí padeciendo de lo mismo, sólo que ahora en inglés. Un buen día, en estado de desesperación total hice algo poco común para los ingleses: en pleno mostrador de una agencia de viajes comencé a contarle de mis terribles migrañas a la señorita que me atendía. Incómoda con la situación tan desagradable de que una chica mexicana ventilara sus intimidades en público y con ganas de terminar lo antes posible con el teatrito, se apiadó de mí diciendo: “Have you tried Craniosacral therapy, darling?” Inmediatamente monté ojos de plato y le pedí que me apuntara el extraño nombre en un papel. Salí de ahí aferrada a ese nombre como si en él estuviera escondido el pasaje a la felicidad.

Efectivamente, la terapia craneosacral cambió mi vida, pero como todo aquello que verdaderamente nos transforma, no fue un proceso ni fácil, ni corto. En esa terapia descubrí lo que se conoce como “memoria corporal”; es decir, esos acontecimientos, experiencias, emociones y anhelos de nuestra vida que llevamos guardados en el cuerpo de manera inconsciente. Desde los primeros meses de vida, el cuerpo registra absolutamente todas nuestras vivencias, agradables y desagradables, así es como aprendemos lo que significan las experiencias amorosas y dolorosas. El proceso intelectual de razonamiento en torno a las ideas, éxitos, fracasos, dolor y amor se desarrolla mucho después y ello es sólo una mínima parte de la totalidad de la experiencia que queda registrada en el cuerpo.

En mi caso, adentrarme a las profundidades de la consciencia corporal fue un trabajo valiente y doloroso. Muchas veces lo que descubrimos ahí donde la razón no alcanza a explicar no es fácil de asimilar, pero el resultado de hacerlo tiene profundos y aleccionadores beneficios. He aprendido más de los mensajes ocultos en mi cuerpo que de las historias que mi mente me cuenta.

Las migrañas desaparecieron por completo tras largas horas de llorar el hígado. Pero no sólo eso; en mi cuerpo descubrí a mi mejor aliado y cada vez que me siento extraviada o confundida en mi cabeza, acudo a sus señales para saber si lo que hago me daña o me beneficia. El cuerpo no se equivoca nunca, es un radar. En él está depositado nuestro profundo sentido de la intuición. Este me avisa cuándo debo tomar precauciones o cuándo puedo permitirme fluir y vivir plenamente las experiencias que la vida me ofrece. También me avisa de aquello que me fortalece o debilita. Me ha enseñado cómo los distintos mensajes que la mente envía modifican mi estado de ánimo y mi sensación corporal. Eso sí, cuando no le hago caso o lo ignoro, sufro las consecuencias de haberme traicionado a mí misma.

En mi caso, el camino a la sabiduría del cuerpo fue la terapia craneosacral, sin embrago hay muchas maneras de llegar a ese lugar de la consciencia corporal. El yoga, el ejercicio intenso, la meditación o simplemente el silencio honesto y la atención para escuchar sus mensajes.

El punto está en atreverse a ir a esa parte nuestra que, aparentemente, es silenciosa pero que sabe mucho, pero mucho más, de lo que creemos saber de nosotros mismos: nuestra memoria corporal.

Revista en que aparece éste Blog: