Mariana Salinas Pasalagua
Entre llanto y canto
Me confieso saturada, sobrepasada, confundida y aturdida por la cantidad de ruido que nos rodea en estos días. Ente las marchas, los reclamos, las justificadas demandas, las celebradas victorias, los anhelos, los debates, los posdebates y los debates sobre los debates. Twitter, los pleitos en Twitter, las opiniones en radio, la televisión que no para, los periódicos, sus encabezados y descabezados. Todo aunado a una atmosfera de tensión constante que promete ser así los próximos días.
No hace mella. Estamos acostumbrados a pasar con una resistencia humorística casi todas las tragedias y adversidades. Estamos hechos para el conflicto, para las venganzas, para el dolor y los resentimientos. También, por su puesto, estamos hechos para los festejos, las celebraciones, los acarreos, las comilonas, las abuelas, los días feriados (que tampoco paran) y la creación de nuevas rolas que siempre nos sacan del apuro.
Somos nación de canto y llanto. O como nos llamó Neruda; somos un “México Florido y Espinudo”. Pues así andamos estos días, entre las flores de la esperanza y las espinas del desasosiego.
Yo por lo pronto, recurro a aquello que en lejano Oriente llaman silencio, silencio interior, atención constante, punto de equilibrio. Para ver si así, con altísimas dosis de om, llego con algo de claridad y contento a ejercer mi derecho y obligación el 1 de julio.










